Opinión El capitalismo a la chilena y la prosperidad de las elites

En los últimos 25 años Chile aceleró su ritmo de crecimiento económico y lidera, junto con Argentina, latinoamerica. Sin embargo, esta prosperidad se caracteriza también por altos niveles de inequidad y una alta concentración de poder

Fuente: elmostrador.cl

En los últimos 25 años Chile aceleró su ritmo de crecimiento económico en relación a su desempeño histórico y el país empezó a liderar, junto con Argentina, la región latinoamericana en términos de niveles de ingreso per cápita.

Sin embargo, esta prosperidad se caracteriza también por altos niveles de inequidad y una creciente concentración de poder económico en manos de una pequeña élite, con desproporcionado poder económico e influencia política.

Liderar una región en ingreso por habitante no es lo mismo que ser el país más desarrollado de dicha región. El reduccionismo para medir nuestro éxito económico puede explicar buena parte de los problemas del despertar de los movimientos sociales de estudiantes, ambientalistas, y de las nuevas y viejas clases medias y trabajadoras. Ha aparecido un nuevo cuestionamiento, con ribetes de cambio cultural de las bases centrales del “capitalismo a la chilena” que, en su aparente normalidad y banalidad, promueven el mercado y el lucro no sólo a sus tradicionales esferas de acción económica sino en la educación, la salud, las pensiones, las carreteras, los remedios, y un sinfín de actividades antes eran provistos en forma gratis o a bajo costo a la población.

Chile tiene uno de los niveles de Producto Interno Bruto por habitante más altos en la región de Latinoamérica y el Caribe. Sin embargo, debemos estar conscientes que el PIB per cápita tiende a dar una versión exagerada de los estándares de vida de la mayoría de la población en un país como Chile en que el ingreso está distribuido de forma muy desigual entre los ciudadanos. El PIB per capita asciende en la actualidad a 16 mil dólares anuales; no obstante, para la mayoría de la población el ingreso por habitante relevante para ellos realmente se ubica entre los 8 a 9 mil dólares por año.

El aumento del PIB, sin embargo, no siempre indica que crecen actividades que reflejan un progreso material genuino. En nuestro país han aumentado muy fuertemente actividades que han surgido para hacer frente a los efectos no deseados del mismo estilo de desarrollo económico adoptado en las últimas tres a cuatro décadas en el país. Por nombrar algunos de estos efectos, podemos mencionar la inseguridad en los barrios y el aumento de la delincuencia, la precariedad laboral y las dificultades objetivas que enfrentan muchas familias chilenas para llevar adelante una vida digna y segura, que les abra posibilidades a sus hijos que crecen en una sociedad muy desigual.

Para hacer frente a estos síntomas del “capitalismo a la chilena” ha crecido mucho la industria de protección frente al robo, los asaltos y el crimen. En otro ámbito, y relacionado a los síntomas ya indicados, se nota una expansión en el consumo de medicamentos para hacer frente a enfermedades psicosomáticas relacionadas al estrés y la ansiedad, asociadas a una sociedad de altos grados de inseguridad económica. Todos estos rubros -industria de la protección a la delincuencia, gasto del Estado en policías y cárceles, industria farmacéutica contra la ansiedad y otros- contribuyen a aumentar el PIB del país pero no son necesariamente reflejo de un desarrollo económico de buena calidad.

Los contrastes del modelo de desarrollo chileno son evidentes. Citemos algunos ejemplos: el país exhibe cuentas fiscales ordenadas y en términos netos no es un deudor sino un acreedor. Este es un logro que, sin duda, hay que reconocer. Sin embargo, a pesar de no tener una deuda financiera neta, el Estado sí tiene una deuda social por las carencias en educación, salud, pensiones y rubros similares.

Un logro muy publicitado de los últimos 20 años ha sido el avance logrado en la lucha contra la pobreza. Las estadísticas oficiales indican una disminución muy significativa de la pobreza desde 45,1 % en 1987 a un 15,1 % en 2009. A su vez, la “extrema pobreza” disminuyó de17, 4% a 3.7 % entre ambos años. Sin embargo, surgen interrogantes sobre el verdadero alcance de las reducciones de la pobreza, ya que las estadísticas oficiales están basadas sólo en una vara de medición, el ingreso.

Además, descansan en encuestas sobre los gastos del hogar que generalmente mide patrones de consumo muy distintos a los actuales. Este procedimiento de medición de pobreza, además de ser reduccionista, al mirar sólo una variable —los ingresos de la gente— ha evitado ajustar “hacia arriba”, es decir, aumentar la línea de pobreza no sólo para reflejar aumentos en el costo de la canasta básica por inflación, sino para hacerla más acorde con los nuevos estándares de vida de un país con un PIB de 16 mil dólares. Un estudio muy concienzudo, que actualizó las líneas de la pobreza utilizando patrones de consumo más recientes fue efectuado, a mediados de la década de 2000, por el profesor de Economía de la Universidad Católica de Chile, Felipe Larraín, actualmente ministro de Hacienda del Gobierno del presidente Sebastián Piñera. Como resultado de esta actualización de las líneas de la pobreza se muestra que las tasas de pobreza efectivas en Chile serían cerca del doble más altas que la que muestra la línea de pobreza oficial.

Como estos ejemplos anteriores lo muestran, la experiencia de desarrollo chilena es tan rica como controversial.


Noticias RSS  Feed RSS

Suscríbete a los diferentes secciones de noticias usando su respectivo feed.