Polonia el lado oscuro del milagro económico The Guardian Londres

Puede que se haya ensalzado como una de las historias de éxito económico de Europa, pero los servicios sanitarios y sociales de Polonia se caen a pedazos y su juventud cualificada cada vez opta más por el exilio frente a los bajos sueldos y el desempleo sin futuro en su país de origen.

Las mujeres polacas que viven en Gran Bretaña tienen de media más hijos que sus jóvenes compatriotas en su país de origen. Cuando el diario polaco más importante, Gazeta Wyborcza, dio a conocer esta noticia hace unos meses, fue una gran sorpresa, aunque no del todo inesperada.

Las explicaciones ante el bajo índice de natalidad han sido en su mayor parte ideológicas. Se ha culpado al hedonismo de la generación joven, a la cultura popular permisiva y excesivamente sexualizada y a su falta de patriotismo. Por ello, cuando resultó que los motivos reales podrían ser mucho más prosaicos, (servicios sociales deficientes, asistencia sanitaria precaria y a menudo inexistente, falta de trabajo para los padres y de guarderías para los niños, alto precio de la vivienda), los comentaristas se sintieron incómodos. De repente, el hecho de que las polacas residentes en Reino Unido tuvieran más hijos que las inmigrantes de Bangladesh era el ejemplo de un fallo funesto de la política social en el país.

Una verdad incómoda

La verdad incómoda es que la generación con mayor formación en la historia de Polonia (casi la mitad de los jóvenes de 25 años posee títulos universitarios) tiene que enfrentarse a un mercado laboral pésimo. Esta situación no se debe exclusivamente a la crisis económica global: Polonia sólo ha registrado un periodo de crecimiento más lento pero no de disminución de su PIB. A pesar de ello, el futuro para la mayoría de jóvenes polacos dista mucho de ser esperanzador, pues el país que ha pagado tanto para formarles no les necesita en el mercado laboral y no tiene ni idea qué hacer con ellos: la tasa oficial de desempleo entre titulados universitarios ronda el 20%.

Los que logran un empleo se sienten igualmente frustrados: trabajan por debajo de sus cualificaciones, a menudo en "trabajos basura" sin ninguna perspectiva de desarrollo profesional, y en muchas ocasiones tienen que ganarse gran parte de su salario de forma no oficial para evitar los impuestos, con lo que les resulta difícil, por ejemplo, conseguir una hipoteca. No existe prácticamente la seguridad en el empleo; las empresas consideran que se trata de un mercado de compradores y piensan que siempre pueden encontrar un empleado mejor (léase: más "dócil"). Meditan mucho antes de contratar y no tienen problemas para despedir.

Para la mayoría de europeos occidentales, se trata de una imagen bien conocida. En España, la tasa de desempleo entre universitarios es el doble de alta que en Polonia. Lo que diferencia a Polonia es el alto nivel de emigración y la total ausencia de un movimiento de protesta, con lo que a los políticos les resulta fácil guardar silencio sobre la cuestión. Eso si no dan explicaciones ideológicas falsas.

Un Estado ineficaz

Parte del problema es estructural. En la economía polaca de baja tecnología, dominada por empresas pequeñas de propiedad familiar, hay muy poco trabajo para los jóvenes cualificados. En las últimas semanas, el periódico para el que trabajo publicó una carta de una joven licenciada en derecho que estaba trabajando en su doctorado. No encontraba ningún trabajo en el que le sirviera su título. Cuando intentó optar a un puesto de secretaria, el que sería su jefe le escribió explicándole que esperaba que fuera además su amante y añadía: "Si no aceptas las condiciones, no respondas a mi mensaje, no me importa lo que pienses". Ahora, intenten imaginarse a los 50.000 licenciados en humanidades, pues producimos esta cantidad cada año, en este tipo de mercado laboral.

Quizás la cuestión más importante es nuestro Estado ineficaz y su clase política canosa y desconectada de la realidad. Dos de los grandes partidos políticos están liderados por hombres de más de 50 y 60 años, que crecieron luchando contra el comunismo. Ante los problemas de la juventud, hacen promesas vacías, no mucho más. Las soluciones que puede ofrecer el Estado, como recortes fiscales para las empresas que contraten a universitarios, lamentablemente son también inadecuadas.

La mecánica estatal está hinchada y es famosa por su ineficacia: el Gobierno admitió recientemente que pagar 50 zlotys en seguridad social cuesta alrededor de 100 zlotys en gastos administrativos. No es de extrañar entonces que no haya dinero para programas sociales orientados a la juventud. Ni tampoco que se vayan de Polonia. Según una reciente investigación, en 2009, entre 1,8 y 2,4 millones de polacos, en su mayoría jóvenes, estaban trabajando en el extranjero. A pesar de la crisis en Occidente, no parecen regresar.

Nuestros políticos pueden decir: "No queremos que nuestra juventud se quede en Londres, les queremos en Polonia". Pero en realidad, cada vez que lo dicen, respiran con alivio. Les conviene que los jóvenes se hayan ido: así no hay protestas, ni delincuencia, ni problemas. Algunos incluso envían dinero a casa.


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